Estereotipos versus arquetipos

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Hay matrimonios que no se entiende que permanezcan juntos. Los podemos ver entrelazados por caminos confusos. Los asociamos equivocadamente con una versión unida y feliz, y son en realidad apariencias engañosas. Aquí encuadramos la relación entre estereotipos y arquetipos.

 

Estamos ante conceptos que se utilizan a la ligera con un mismo significado, pero que el propio diccionario nos avisa de que son polos opuestos. Conocer sus diferencias será clave para no cometer errores mayúsculos.

 

Por arquetipo entendemos el modelo original y primario en un arte, mientras que el estereotipo nos evoca la idea aceptada por la sociedad. El primero implica la representación de la exclusividad y el segundo, de lo común.

El mérito de los arquetipos

Construir un buen arquetipo es una tarea de mucha habilidad para el escritor. Su puesta en marcha ahonda en lo desconocido para desvelar experiencias humanas universales. Son patrones emocionales y de conducta que moldean nuestra manera de procesar sensaciones, imágenes y percepciones.

 

El contexto cultural influye poderosamente en los arquetipos. Son historia que a través del tiempo y el espacio siguen funcionando. Por ese motivo, leemos hoy Romeo y Julieta y podemos sentirnos identificados. Estas imágenes universales las encontraremos en el habla, el comportamiento de las personas o también en los sueños de las distintas sociedades.

 

Entre los arquetipos más reconocidos están  las experiencias en la vida como el nacimiento o la muerte (eventos propios arquetípicos) o figuras como la madre (representación de la maternidad), el padre (la autoridad), la sombra (lo que queremos que permanezca en secreto) o el héroe (la representación que lucha contra esas mismas sombras).

 

También es muy frecuente verlos en publicidad. Aquí son notorios el arquetipo de la madre como la consagración del amor y cuidado incondicional (muy vistoso en spots de productos para bebés) o el arquetipo de la seductora (personalidad irresistible) para campañas de perfumes o cosmética.

 

Todos ellos son un claro ejemplo de bases interiorizadas a lo largo de la historia y de los mitos que hemos ido alimentando en el tiempo. Conseguir que una historia sea arquetípica logrará que cualquier lector se vea reflejado en ella y la haga suya.

 

La simplificación de los estereotipos

Muy lejos están las semejanzas entre los arquetipos y los estereotipos. Estos últimos son atajos fáciles que el autor ha adaptado para representar lo que se considera por norma una realidad. De su simpleza y misma dirección surgen determinados personajes tipo que se suelen convertir en burdas caricaturas.

 

Los estereotipos aparecen como licencia del escritor para acudir a una fórmula cómoda reconocida por todos. Su concepción se asocia a los tópicos más comunes sin ofrecer nada nuevo que resulte original.

 

No podemos ignorar que la publicidad, el cine, la televisión o también el refranero popular y chistes variados han formado imágenes muy estigmatizadas y no siempre reales de determinados personajes. Son unas ideas utilizadas (normalmente con sarcasmo por el escritor) en grandes momentos. El mejor ejemplo de ello lo representan tanto la figura de los cuñados (el ‘listillo’ que realmente no sabe nada) como de las suegras (personalidades mandonas y acaparadoras).

 

Esto es así porque desde la misma cuna se nos infunden como obvios una serie de clichés. Unos se asociarán con el género (la vestimenta rosa o azul) o con las mismas clases sociales (personajes pobres con poco nivel cultural y ricos cargados de soberbia).
La propia sociedad con su facilidad para catalogar (y también ridiculizar) resulta al final la mejor escuela para el escritor en esa creación de estereotipos.

 

La inversión de los estereotipos

Reconocemos que la utilización recurrente de estereotipos por parte del escritor es una solución pobre. Pueden hacernos más o menos gracia en un momento dado, pero esto no deja de ser algo tan esperado como falto de creatividad.

 

Ante esto nace como remedio la picardía de darle un vuelco a esos ambientes o personajes tipos. El objetivo es seguir manteniendo la ilusión del lector. Por ello se realiza lo que se denomina la inversión del estereotipo. Es un giro estudiado que invierte las concepciones aprendidas.

 

A partir de esta licencia se da más relevancia a personajes antihéroes o a princesas respondonas que huyen del candor y dulzura con los que siempre se les ha representado. El cambio de papeles quizá devuelva el interés por algo que ha sido anteriormente muy explotado.

 

Pero no hay que caer en el abuso de este recurso. Tan malo es que clasifiquemos en las ficciones como universales los perfiles de rubia tonta, gordita simpática o príncipe azul como jugar constantemente con la inversión de los estereotipos. No seremos en ningún caso más realistas por su continuo empleo.

 

De una forma u otra tendemos siempre a pensar que los individuos somos propensos a tener el mismo tipo de debilidades, miedos y aspiraciones. Usar la generalización nos llevará a tener el control de antemano de los sentimientos y emociones humanas extendidas. Esa es la parte bonita de esta historia.

 

Pero por otro lado, creedme, que después de tanto universalismo al lector lo que le conquistará siempre es terminar sintiéndose especial, y eso lo logran los arquetipos.

Nuestra pregunta

¿Cuáles son los estereotipos y arquetipos que más te encuentras en las obras literarias?

30 años. Periodista y escritora de vocación. Cofundadora de La vida de color caoba, un espacio perfecto para que las letras e ilustraciones bailen en armonía. Escribir es una forma de vida, ver el mundo con detalle para poder enseñárselo a los demás.

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