Había una vez en un lugar no demasiado lejano una fábrica abandonada. Ese rincón estaba al alcance de todos, pero nadie se había percatado del tesoro que escondía. El destino quiso ponérmela en el camino y curiosa como siempre me aventuré en sus entrañas. Allí como una auténtica inspiración me encontré con la colección más grande de cuentos que jamás había imaginado.

 

Los había con ilustraciones o cargados de moraleja; llenos de colores y en multitud de idiomas (ya se sabe que la imaginación es la lengua más universal) y, en cierto modo, cada uno tenía algún elemento único de enganche. Con tal emoción por el hallazgo me concentré en ordenar los cuentos apilados en el suelo. Entonces no pude evitar perderme en el tiempo y entre aquellas páginas…

Las reglas para escribir cuentos

Lo que aprendí de los cuentos

Lejos de encasillar esta lectura como algo trivial aprendí mucho de los cuentos. Entendí que los instantes pueden cobrar verdadera fuerza y dar un sentido completo a la narración. También el maestro Horacio Quiroga me inspiró con algunos de sus tomos. Para él eran tan vitales las primeras líneas de un cuento como mantener la fuerza aún en las tres últimas frases que describen un final.

 

Me gustaron los escenarios y la forma en la que los cuentos te llegan a atrapar. Sin demasiados personajes ni excesos y con una localización principal bien acotada que hacía de la creatividad una auténtica obra de arte.

 

Y aunque en la mayor parte de los casos fuese breve su extensión, estaba ante historias capaces de albergar una introducción, nudo y desenlace demostrando que ante poco espacio se pueden crear grandes relatos.

 

En todo el tiempo que duró mi incursión a la fábrica perdí la noción de las horas, pero engrandecí mi propio mundo interior con la lectura de cuentos. Repasé los títulos más tiernos y educativos de los hermanos Grimm (El lobo y las siete cabritillas, La doncella sin manos) y Andersen (Los zapatos rojos o La niña judía).

 

Recuperé tradición y recuerdos infantiles bajo la moraleja que atesoraban entre otros Los tres cerditos y Juan sin miedo. Allí comprobé con ilusión cómo estas narraciones habían dejado su huella y eso al final era sinónimo de éxito.

 

Pero lo que más logró captar mi atención, y en la niñez había pasado desapercibido, era la ligera sutileza con la que se llegaba a contar muchos datos y escenas sin ocupar demasiada extensión. La utilización de las segundas intenciones era una técnica tan cuidada como difícil y en ella estaba la enseñanza más magistral.

 

Las inspiraciones de los cuentos

A medida que leía la fuente inagotable de valores, estos se multiplicaban por cada narración. El amor, el compromiso, la lealtad, o la superación de los cuentos se fundaban en una serie de inspiraciones. En algunas ocasiones eran los mismos arquetipos los que resultaban un camino útil, mientras que en otros modelos eran los valores contrapuestos los que nos marcaban la enseñanza. Los ejemplos eran la forma más clara de verlo.

 

¿Acaso no tenía un castigo bien visible Pinocho por mentir? ¿O resultaba un peligro indiscutible la niña con caperuza roja que hablaba con desconocidos?

 

Comprobé cómo las reglas de la conducta marcaban con trazo firme las pautas para que un cuento tuviese éxito. De esta forma podíamos acudir tanto a vidas de animales convertidas en narradores como a viajes cargados de aventuras para que un personaje se cuestionase su destino e identidad. Por raro que me pareciese esto, disfrazado de infantil, era el resultado de un pensamiento muy maduro.

 

Tras mi descubrimiento anoté algunas de las palabras que me surgieron a medida que leía. Sin quererlo se convirtieron en el pilar para explicar en definitiva en qué se inspiran los cuentos:

 

1. Autoestima

Logrando que una historia se haga nuestra y hasta llegue a conmocionarnos, trabajaremos la línea de la autoestima. Resulta prácticamente indivisible el hecho de querer enseñar sin hacer un  examen previo de conciencia que nos haga mejores en el camino.

 

2. Amor

Detrás de cada cuento siempre hay una historia de amor. Esto se puede traducir en una necesidad de entrega y recibimiento. Es un amor en mayúsculas destinado a la protección o al sentimiento más maternal que engloba la palabra.

 

3. Descubrimiento

En la aventura y desobediencia se plasma la enseñanza que el cuento nos terminará aportando. Es por ello que se nos conducirá a través de las decisiones (tanto buenas como malas) al descubrimiento de nuevas habilidades desconocidas hasta el momento.

 

4. Heroicidad

Todos albergamos un héroe en nuestro interior. Con la adversidad hacemos más grande la proeza y adquirimos en el camino una serie de valores.

 

5. Aprendizaje

Quizá sea la conclusión más importante que podemos obtener cuando leemos cuentos. Esta enseñanza contendrá una carga importante de gratitud al haber crecido y asimilado todas las vivencias que se han ido experimentando.

 

Finalmente entre estas reflexiones cayó la noche y me percaté de que había consumido mi tiempo entre los cuentos. Con nostalgia los guardé sin poder evitar hacerme con algún ejemplar. Tras un último repaso cerré las puertas de la fábrica, aunque con mi lectura intensiva había abierto los accesos a toda creatividad.

 

Resultaba que los cuentos con los años podían ser muchos más enriquecedores y ahora en mi madurez había sido consciente de ello. Y es que a veces si alteramos el orden de lo cotidiano y nos adentramos por ejemplo en fábricas prohibidas, podremos alcanzar las posibilidades de lo fantástico.

 

Tal vez esa fuese la mejor enseñanza que los cuentos dejaron para mí aquella tarde.

Nuestra pregunta

¿Qué es lo que más valoras que tenga un cuento?

Author

30 años. Periodista y escritora de vocación. Cofundadora de La vida de color caoba, un espacio perfecto para que las letras e ilustraciones bailen en armonía. Escribir es una forma de vida, ver el mundo con detalle para poder enseñárselo a los demás.

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